Que sepan tu verdad

¿Cuántas veces me callé porque me pidieron guardar silencio?

¿Cuántas veces fueron necesarias para hacerme creer que no tenía nada válido por decir?

Ya no lo recuerdo. Solo sé que fueron suficientes.

En mi búsqueda de la calma y la paz, me di cuenta que una de mis mayores inseguridades eran las palabras.

Desde que tengo memoria, mis ideas han vivido tranquilamente en mi cabeza. Cuando se es una persona introvertida, es muy fácil que tu mente se vuelva un lugar cómodo, un lugar al que recurres todo el tiempo. Y no siempre es un lugar bonito, pero sí es tu hogar. Ahí conviven lo mejor y lo peor de ti.

Fue raro que en mi niñez alguien me animara a compartir eso con el mundo. Me reprochaban por igual el hablar y el no hablar, y dentro de esa confusión preferí el silencio.

Y no culpo a nadie por ello, fue simplemente el resultado de la curiosa coincidencia de ser yo y del lugar en el que crecí.

Sin embargo, no puedo ignorar el hecho de que la combinación de algunos rasgos de mi temperamento y las circunstancias que me rodearon durante los años decisivos de mi infancia y mi adolescencia, me llevaron a ser una persona bastante insegura al momento de hablar.

Todo el tiempo tenía miedo de que fueran a pensar que era una mala persona, o una persona tonta, o una persona sin juicio…y a veces era tanto ese miedo que no necesitaba decir nada en voz alta para creerme esas cosas.

Alrededor de mis 21 años, me enfrenté a la peor crisis emocional que había experimentado hasta entonces y me di cuenta de que gran parte de las tristezas que me arrastraban tenían su raíz en un profundo vacío repleto de todas las cosas que tenía por decir y que nunca las dije.

Palabras de amor y desamor, palabras de aliento, quejas y sugerencias, miedos, sueños, opiniones de temas que me apasionaban…

Nadie sabía quién era yo realmente.

Nunca lo conté.

Fue decepción tras decepción y una inmensa necesidad de tener conexiones reales con los demás, ya fueran amigos, parejas o familia, lo que me trajeron al lugar en el que estoy.

Ese limbo en el que la vida sucede a su ritmo habitual mientras yo me detengo a enseñarme, de una vez por todas, a no tener miedo de que los demás sepan mi verdad.

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